"El Séptimo"

Tertulia de Cine y Psicoanálisis

Por qué volver a los clásicos

1 de Julio, 2010, 10:28

Por @ 1 de Julio, 2010, 10:28 en Comentarios 8 Temporada

¿Por qué volver a los clásicos?

 

Clásico: Dícese del autor o de la obra que se tiene por modelo digno de imitación en la literatura y el arte

 

Parafraseando el título de aquel artículo de Italo Calvino sobre los textos literarios clásicos quisiera exponer que la misma idea opera aquí para aludir a las obras de la temprana - en relación a las otras artes - tradición cinematográfica. Si nadie, ni el más fabuloso lector imaginado, puede afirmar que ha leído todo lo que es digno de ser leído, ninguno, tampoco, ni el más empedernido cinéfilo,  ha visto todos los filmes o todos los autores cinematográficos habidos y por haber. ¿Acaso no han existido cineastas por larguísimo  tiempo ignorados y cuya estela ignota atraviesa todavía hoy las nebulosas lagunas de una tradición -lejana y cercana-que se construye por apariciones sorprendentes, si, pero también por insólitas miradas sobre obras que pasaron desapercibidas en su momento? El caso de Jacques Tourner puede funcionar como emblema.

Y si, como dice Calvino acerca de la literatura, muchos títulos son más nombrados que leídos ¿no existen, también, clásicos cinematográficos que transitan por muchos discursos sin que se tenga más experiencia de ellos que su referencia en otros discursos más o menos prestigiosos?

Se denomina como clásica a toda obra cuya fruición constituye siempre un enriquecimiento y que opera una particular influencia en su espectador o en su lector. Esa fruición y esa influencia perduran a través del tiempo, pero no es, paradójicamente, siempre idéntica  a sí misma, sino que cambia con el tiempo, la edad y la experiencia. Por lo tanto, toda re-visión, toda re-lectura de un clásico es siempre, Calvino dixit,una lectura de descubrimiento, como la primera”.

En realidad cualquier acercamiento a un clásico, sea por vez primera o reiterada, es siempre una re-lectura, puesto que un clásico (autor u obra) produce una particular reverberación: lo que tiene que decir es siempre un discurso interminable.

Incluso, un clásico podría definirse por la cierta sorpresa que nos suscita la primera vez que accedemos a él respecto a la imagen que teníamos del mismo, herencia apósita que nos han deparado las voces de los otros: los diversos textos y discursos,  comentarios y aparatos críticos, la pura doxa intermediaria. Definición ésta que Calvino fraguó en una metáfora donde brilla la verdad poética:”Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima”

Por no ser demasiado axiomático, cabe matizar aquí que, probablemente, esos discursos, a veces y no siempre, pueden ser en todo caso, como en el ejercicio de la traducción, un medio y un estímulo para acercar al espectador al original.

La verdadera naturaleza del cine -dice Eric Rohmer- es contradictoria. ¿Es preciso abordarlo, entonces, como un lenguaje? Vale decir, ¿es necesario que su espectador recoja en el haber de su conocimiento el uso del montaje, el plano o los encuadres? La misma historia de la evolución del cine  ya ha fijado en la percepción del espectador un cierto “saber” intuitivo formado por la visión continuada de logros formales en la realización de los filmes que ha visto  a lo largo de su experiencia. Pero no es irrelevante el poder hacerlos conscientes,  el ahondar en  el conocimiento de esos recursos que completan, innegablemente, el goce o la fruición espectadora. ¿Es, por el contrario, necesario quedarse sólo en el nivel de la interpretación  de los contenidos que aborda la historia? La respuesta, tal vez, es que ni lo uno ni lo otro. O más bien, ambos al unísono. Y ¿de qué manera la interpretación a secas no puede perder su rumbo si no hace consciente lo que inconscientemente ha captado? Y  ¿De qué modo el mero conocimiento de una retórica o de un lenguaje no hace estéril el centrarse únicamente en la corrección o incorrección de una sintaxis? La naturaleza contradictoria del cine vuelve inútiles ambos interrogantes. Y al mismo tiempo los hace reverberar con un leve vaivén, un cabrilleo como el reflejo del sol sobre las olas de un mar que no por proceloso no atraiga con su constante cambio.

Considero que la obra cinematográfica convertida ya en un clásico tiene que ver-y mucho -con la poesía, no importa el género al que pertenezca. Si el lenguaje es de por sí- como ha afirmado un clásico, Jorge Luis Borges-  un hecho estético,  la poesía, el poema, lo es en grado reduplicado. Y un clásico -autor u obra- cinematográfico es siempre reduplicación estética y reverberación. Esa naturaleza inapresable y contradictoria del arte cinematográfico hace que,  cuando el clásico que duerme en las ya abarrotadas y atestadas estanterías de esta actualidad devoradora, apresurada e irreflexiva encuentra a su espectador, ocurra -diría Borges- el hecho estético. Vuelve, una vez más, a ocurrir la poesía, el  goce primigenio. Y aunque ese espectador no sea nunca el mismo, ya que siempre los clásicos, como el río  de Heráclito, no son nunca los mismos, ¿podrá soslayar, por ejemplo,- si bien vista por enésima vez- la tremenda poesía sobre el error y la obcecación humana que brota, bajo la consabida música de Antón Karas, del acercarse acompasado, tenso, decidido de Alida Valli hasta la cámara, y pasar ante un alelado Joseph Cotten en el camino del cementerio para alejarse, tenaz, sin dar vuelta la cara, impasible en la desdicha, yéndose  para siempre hacia la nada o la pena del brumoso invierno de Viena, en “El Tercer hombre”?

Quizás la belleza sea, como dijera el maestro clásico- una sensación física que se siente con todo el cuerpo. No es resultado de un juicio ni accedemos a ella por medio de conceptos. Y repitiéndome, repitiendo al maestro: “La rosa sin porqué, florece porque florece”. O, para no alejarnos del cine, como dijera Jacques Rivette a propósito de Howard Hawks:”Lo que es, es”.

 

Edgardo Oviedo

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